domingo 6 de diciembre de 2009

Cerrado por vocaciones

Hay cosas que se dejan para siempre, como la inocencia, y otras que, aunque se dejan, permanecen en un compás de espera, como las novias, en un limbo del que en ocasiones son rescatadas y devueltas a su estado anterior —no necesariamente mejor—. Con los blogs no se sabe. Quiero decir, aún no ha aparecido ningún estudio avalado por alguna prestigiosa universidad norteamericana o británica (de ésas en las que sus alumnos visten corbata y chaqueta de anchas solapas, con un escudo cosido a la altura del corazón) que certifique qué le ocurre a un blog cuando desaparece, si lo hace de veras y sin remisión o, por el contrario, aguarda pacientemente una futura reencarnación —no necesariamente mejor—.

Lo dejo. El blog, se entiende.

Cuando inicié este blog hace un par de años, mi intención era encontrar una excusa para vencer la pereza ante el papel —o la pantalla— en blanco, un pretexto para sentarme cada tarde a jugar con las palabras y adquirir esa costumbre, acaso insana, llamada “el hábito de la escritura”. Ni por asomo esperaba entonces contar con la complicidad de lectores. Es verdad que hace ya tiempo que ese propósito se cumplió y no negaré que me ha rondado por la cabeza varias veces dar el paso que ahora doy, cerrar el blog, para poder dedicarme de pleno a la escritura de algo que espero que algún día ocupe un espacio en algún anaquel de una librería, lo mismo da si con tapas duras o blandas, pero siempre acababa postergando la decisión, espoleado a buen seguro por la inmediatez que propicia el blog y el contacto directo con los lectores y, a qué negarlo, por cierta dosis de vanidad.

Pero ahora sí: lo dejo. El formato blog, en su concepción —al menos así lo entiendo, a falta del estudio antes mencionado de alguna prestigiosa universidad norteamericana o británica—, limita mucho la escritura: en cuanto a la extensión, porque un blog no admite de buena gana relatos largos, y en cuanto a la premura, porque la necesidad de alimentar el blog con frecuencia para mantenerlo vivo apremia, pospone e incluso elude las indispensables correcciones; y a uno le apetece jugarse el tipo con otra clase de relatos, pero sobre todo le apetece probar suerte con un libro.

En verdad, mi deseo sería poder compaginar ambas cosas, el blog y el proyecto del libro, pero el mucho trabajo, la falta de tiempo y otras servidumbres de la vida moderna —algunas escogidas a conciencia, y muy gustosamente; otras, no tanto—, me sitúan en la tesitura de tener que elegir y, por ende, descartar.

Por eso lo dejo.

Ignoro el tiempo que me llevará la escritura del proyecto del libro, si un mes, si dos, si ocho —algunos cuentos están ya acabados; otros, al menos en una primera versión, han formado parte de este blog; los hay incluso que apenas han sido esbozados—; ignoro también si esa cosa con hojas llegará a ocupar un día un hueco en algún anaquel de una librería, lo mismo da si con tapas duras o blandas, pero supongo que en algún momento tenía que intentarlo y algo me dice que ahora es el momento.

Pero antes de dejarlo del todo* —decir “del todo”, ya lo sabéis, es una manera de hablar, porque aún no se sabe a ciencia cierta qué le ocurre a un blog cuando desaparece, si lo hace de veras y sin remisión o, por el contrario, aguarda pacientemente una futura reencarnación—, antes de clausurar el blog, decía, quiero manifestar mi agradecimiento a todos los que habéis pasado por este apartado rincón de la Red, a todos los que habéis leído, siquiera, uno solo de los cuentos, y, muy especialmente, a los que habéis dedicado algunos minutos de vuestras vidas —algunos muchos, me consta— a dejar algún comentario. Vuestras intervenciones han sido de gran ayuda. Que ya quisiera uno que el estudio de la prestigiosa universidad norteamericana o británica dictaminase también que la calidad de un blog se mide por sus lectores.

Muchas gracias a todos y hasta siempre.

* Decir “dejarlo del todo” no significa abandonar la blogosfera. Una cosa es segura: os seguiré visitando para disfrutar y aprender.